los campos se llenan de flores.
Tengo más de trescientos sesenta y cinco mariposas
en el cuerpo como resultado de tus besos.
Me convertiste en una flor
el día que tus labios recorrieron
mi alma sin escrúpulos
y entonces,
tu nombre se transformó en un poema,
acalló suspiros,
creó otros
y se convirtió en el viento justo en ese momento
en que susurraste mi nombre al pasar.
Viajó kilómetros para encontrarse con el mar
y aquella agua azulada se vio repleta
de lo que nos conecta.
Tu aliento.
Mi aliento.
Tu nombre.
Mi nombre.
Somos olas pequeñas que cambian aquello
que se les presenta.
Nada de lo que alguna vez fue, existe.
Y la arena alteró su forma.
Y el mar se llenó de flores.
Y los libros de naturaleza no saben qué paso.
Que fue tu nombre unido al mío
el que movió montañas y las hizo suyas.
Como fuerza inalcanzable
haces que el mundo pierda su forma
y yo sigo unida a tu mano,
vago con el viento,
te sigo como quien persigue una estrella
en un mapa lleno de coordenadas.
Y es que tu alma me guía
y el latido de tu corazón
es un código morse
del cual me volví experta en descifrar
aún cuando las señales
no son del todo claras.
Y es que la naturaleza
salvaje,
inesperada,
exótica,
se convirtió en nosotros
y no existe nada más a nuestro alrededor
que realmente importe.
Tu boca unida a la mía
moldea cielos.
Recojamos la luna,
una constelación,
el sol
y tus manos,
las que colorean mi piel,
que tengo suspiros para plantar
y un par de promesas sobre mis tierras
que te pertenecen.
Más de trescientos sesenta y cinco flores.
Más de trescientos sesenta y cinco promesas.
Más de trescientos sesenta y cinco suspiros.
Más de trescientos sesenta y cinco besos.
Más de trescientos sesenta y cinco nosotros.
Nosotros.
Nosotros y el mundo que hicimos a partir de un suspiro, un campo lleno de flores y un par de mariposas que revolotean entre mis pestañas.