jueves, 16 de enero de 2020
Durante todo este tiempo he aprendido que quien te revoluciona la existencia es quien merece la palabra «amor» en un poema dicho frente a los ojos y yo nunca la había usado con el corazón entre las manos como cuando se lo dije por primera vez aquella tarde de otoño. Hacía frío y me abrigó con su sonrisa permitiéndome conocer algo más que un abrazo en donde no cabía aguja alguna. Rodeó mi alma con su mirada cargada de sueños y supe que me lanzaría a ellos sin importar a donde me llevarían. Mi existencia estaba marcada por lo que dictaba su sonrisa y en ese entonces supe que la palabra «tuya» era sinónimo del latido de mi corazón colgado al lado del suyo.
lunes, 13 de enero de 2020
Cayendo
quisiera ser la dueña de tus mañanas
ser el té que compartes durante tus tardes
el susurro de tus sueños
vago entre mares de tristeza
ola inalcanzable te persigo
me creo fuerte nadando
no soy suficiente
me ahogo
regreso a mi lugar predilecto
no hay luz
sé que no me necesitarás
regreso a mi cama
empapada del mar
ser el té que compartes durante tus tardes
el susurro de tus sueños
vago entre mares de tristeza
ola inalcanzable te persigo
me creo fuerte nadando
no soy suficiente
me ahogo
regreso a mi lugar predilecto
no hay luz
sé que no me necesitarás
regreso a mi cama
empapada del mar
El campeonato de mi vida.
Todavía me despierto con tu nombre entre mis labios y tu rostro entre mis pestañas como si pudiera encontrarte con el primer suspiro del día. Extraño tus palabras como quien extraña el aroma a verano en días grises e intento hacer de mis pensamientos un diente león que luego será soplado para no regresar a su lugar, pero pelear contra tu figura hecha oleaje inalcanzable no suena como una pelea en donde salga vencedora.
La única vez que gané fue cuando me dijiste que me amabas y llevé una corona hecha de tus flores sobre mi cabeza como si hubiese ganado el campeonato de mi vida.
Y lo hice.
Y acá estoy.
Sigo escribiéndote como la primera vez.
La única vez que gané fue cuando me dijiste que me amabas y llevé una corona hecha de tus flores sobre mi cabeza como si hubiese ganado el campeonato de mi vida.
Y lo hice.
Y acá estoy.
Sigo escribiéndote como la primera vez.
sábado, 11 de enero de 2020
Floreces en el medio de la ciudad.
He visto árboles vestidos con tu sonrisa
en épocas donde el cerezo no tiene lugar.
Redescubrí tu sonrojo
entre palabras con sabor a caramelo.
Y las flores rosáceas me dijeron que estabas ahí.
Vestías la silueta de una flor diferente
en una ciudad que carece de belleza.
Qué bella que sos cuando reís.
Y entonces pasó el atardecer para susurrarme
que los brillos del sol te hicieron florecer.
Toda esa purpurina que tienen tus mejillas
no eran más que tus pétalos en pleno crecimiento.
Y estás cubierta de flores de nuevo.
Y sin tan solo me dejaras cuidarte.
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