Hace un par de semanas puse el despertador a las seis y veinte de la mañana porque quería ver el amanecer que entraría dieciséis minutos después de la primera llamada. No estaba en casa aunque suene a algo un poco fuera de lo común y de repente me vi acompañada de los loros en esa caminata que tuvo más de vos que de mi. Siempre te pensé en esos atardeceres que cubren la ciudad con sus tintes de pétalos de cerezos, pero esta vez te recordé entre un aroma salado, una brisa fresca y un color a mar. Estaba en la playa. Venías conmigo danzando con tu sonrisa de costa a costa y no tuve más remedio que colocarme el abrigo que todavía tiene bordado tu nombre. Bajé las escaleras para pisar la arena mojada y volví a mirar mi reloj como si fuese a encontrarme con tu mismísima presencia.
Tomé fotos, tomé unas cien fotografías de un cielo que daba el anuncio de un nuevo día y como quien quiere la cosa también anunciaba que los amaneceres te pertenecen junto con la bruma del mar. Me recordó a esa espuma que se le hace al café que tomaba a las cinco de la tarde entre horas de estudio, justo cuando te hablaba como si estuviera al lado tuyo. Y entre esas cien fotografías te visualicé como la calma que convive en todo el mundo; esos tres ínfimos minutos en donde el sol se anuncia en el horizonte y todo lo demás parece desaparecer. No es muy diferente a cuando tus palabras se convierten en fenómenos de la naturaleza y hacen del universo aquello que es perceptible solo al ojo humano.
Miré los rayos del sol desprenderse de los nubarrones de una noche agitada y la brisa se volvió un suspiro mañanero; una chispa de posibilidades en donde tu silueta marcaba mis pensamientos sin siquiera ser llamados. El silencio reinaba, pero un par de loros cruzaron frente a mi haciendo de esa fotografía, la mejor. No dudé en susurrarle al viento, en venerar a quién sabe qué y pedí por una señal tuya como si de repente volviera a crecer que los milagros están de mi lado.
Sólo estuvieron una vez; eras vos.