jueves, 12 de abril de 2018

Lluvia de verano.

Nunca pensé que el sonido de la lluvia pudiera ser tan tranquilizadora cuando estoy entre tus brazos. No hay trueno que me estremezca más que el modo en que susurras mi nombre. Y entonces, yo me convierto en agua, en esas gotas que adornan tu piel a besos. Soy como la lluvia sobre las hojas, necesitadas de su frescura.

Me deslizo por entre tu cuerpo como la suave llovizna que cae por mi ventana. Voy vagando sin permiso, mojando todo a mi paso sin compasión, sin necesidad de tomar aire y pedirle a las nubes que recompongan mi ser.

Puede que no lo notes pero siento en carne propia tus suspiros, justo cuando los relámpagos se presentan en la habitación iluminándolo todo. Dándonos la noticia de que la saciedad no es algo de lo cual la tierra está al tanto.

La lluvia sigue danzando como remedio a una enfermedad más peligrosa que la sequía. Quizás se trate de mis propio modo de caer pero amor, yo caigo tan suave como lluvia de verano, sólo que esta vez me vi atrapada en una tormenta que tiene tu nombre. 



 



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