miércoles, 26 de junio de 2019

El otoño más triste que me tocó conocer.

Cuando el otoño comenzó
a anunciarse con
algunas hojas libres
yendo con el viento,
confieso que
tuve miedo.

Primero fueron
sus hojas amarillas
decorando el paisaje
y luego cayeron como
quien deja caer
una lágrima de sus ojos.

Las veía caer como
una seda sobre la piel hambrienta
de una caricia
y la arruguez de una
mano tomando la mía.

Un suspiro,
una risa en el medio
de la brisa otoñal.

Y entonces las hojas
fueron naranjas
y el viento más frío.
Tuve frío por la noche
y no hubo calor.

Cerrar los ojos
era acariciar pestañas ajenas
y no hubo tiempo en cuanto
se quiso escuchar
la luna y su pena.

No pasa nada
el otoño no es tan triste,
pero las hojas fueron rojizas
y comenzaron a caer como lluvia
en un viernes soleado.

Caían desesperadas,
no hubo tiempo de respirar.
El árbol no quiso esperar el milagro.
Y las hojas decidieron partir.
La brisa se llevo
aquella pena.
Se la llevo como a sus hojas en el jardín.

Quedaron marchitas
en el suelo verde.

La lluvia cayó
en un sábado frío.

Y tomé su mano
Te dije adiós.

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