a anunciarse con
algunas hojas libres
yendo con el viento,
confieso que
tuve miedo.
Primero fueron
sus hojas amarillas
decorando el paisaje
y luego cayeron como
quien deja caer
una lágrima de sus ojos.
Las veía caer como
una seda sobre la piel hambrienta
de una caricia
y la arruguez de una
mano tomando la mía.
Un suspiro,
una risa en el medio
de la brisa otoñal.
Y entonces las hojas
fueron naranjas
y el viento más frío.
Tuve frío por la noche
y no hubo calor.
Cerrar los ojos
era acariciar pestañas ajenas
y no hubo tiempo en cuanto
se quiso escuchar
la luna y su pena.
No pasa nada
el otoño no es tan triste,
pero las hojas fueron rojizas
y comenzaron a caer como lluvia
en un viernes soleado.
Caían desesperadas,
no hubo tiempo de respirar.
El árbol no quiso esperar el milagro.
Y las hojas decidieron partir.
La brisa se llevo
aquella pena.
Se la llevo como a sus hojas en el jardín.
Quedaron marchitas
en el suelo verde.
La lluvia cayó
en un sábado frío.
Y tomé su mano
Te dije adiós.
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