martes, 10 de septiembre de 2019

Somos lo que llevamos dentro.

Llevo conmigo más de una vida entre mis manos y puedo asegurar que en todas he plasmado lo que mi mente sabe y desconoce de alguna forma que probablemente fue llevada por el viento. Hoy en día pueden acompañarme las hojas y un bolígrafo con la tinta escasa de tanto explayarme en cuestiones del alma, pero anteriormente, pude haber necesitado de un pincel y un lienzo en blanco para dejar en claro que no existe tal cosa como el silencio cuando la mente habla más que la boca.

¿Quién soy? Nunca podré saber con seguridad a quién llevo conmigo hoy, viendo y considerando que desconozco el ayer tanto como el mañana, no me asombraría encontrarme con un rostro soñador que pretende resolver las incógnitas de su camino como si tuviera frente a sus ojos una brújula desconfigurada y que no puede señalar ni el norte o el sur. No me asombraría tampoco que aspire a descubrir el amor como si se tratase de una ficción plasmada en las hojas de un libro y nade entre palabras que la llevarían a desear algo imposible. Tal como ahora, tal como siempre.

Porque el alma soñadora vive en mis venas desde que alguien decidió introducirla en mi adn y permaneció viajando por generaciones que no dieron con su camino, puesto que de otro modo... ¿Cómo es que duele tanto? Quizás yo llevo entre las arterias algo más que el dolor de un amor ajeno. Quizás llevo las penas de un alma desdichada que no conoció eso que tanto añoraba y lo dejó encerrado en mi interior como si se tratara de su mayor tesoro; la pérdida.

Su pérdida y la mía.

Las dos somos exploradoras de un camino que no tiene pistas y ni siquiera un cielo esclarecedor que nos permita hallar el cielo. El cielo y sus más infinitas estrellas como un recordatorio que esperanza queda. Que en algún espacio del mundo hay flores suficientes como para ser feliz.

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