junto a la ventana
el invierno se hizo eterno
y tengo las manos frías
el reloj dicta las seis de la tarde
y un atardecer se dibuja
tras las nubes
incluso en mis peores días
te rescato de alguna primavera
como quien se reencuentra
con un libro prestado
y ahora devuelto,
que se une a su ejército
de historias ajenas
y propias
propias porque tu rostro
tiene el rostro de tantos
y a la vez no te encuentro
en ninguno
sabes que la ciudad está solitaria
y que no danzo con el viento,
me dije a mi misma
que no le haría caso a las voces,
pero las angustias que están bien incrustadas
en mi interior
tienen voz propia
qué complicado es no oirnos
la que fui y la que ya no seré
una constante frustración
que se balancea como péndulo
sin remedio
ni tampoco frenos
juraría que tengo días buenos
en donde mis manos
no están frías
el calor nace de ese hueco
que abrazo,
pero que no tiene corazón
ni tampoco la dicha de encontrarte
juraría también que te tacho
infinitas veces
y creo un agujero en el papel
en el cual escribo,
pero renaces de la tinta
volviéndote indeleble,
inolvidable,
dolorosa,
marchita,
de una cursiva perfecta
justo como mis primeros poemas
convertidos en pétalos arrasados por el rocío
y hace frío,
hay niebla,
el atardecer partió
dejándome con el aliento congelado
estática,
perpleja ante la inmensidad de la noche
que se deja aplastar por el silencio
silencio que se disfraza de voces,
esas voces,
que no callan
y que a veces,
se convierten en ti
sabes que la ciudad está solitaria
y que no danzo con el viento,
me dije a mi misma
que no le haría caso a las voces,
pero las angustias que están bien incrustadas
en mi interior
tienen voz propia
qué complicado es no oirnos
la que fui y la que ya no seré
una constante frustración
que se balancea como péndulo
sin remedio
ni tampoco frenos
juraría que tengo días buenos
en donde mis manos
no están frías
el calor nace de ese hueco
que abrazo,
pero que no tiene corazón
ni tampoco la dicha de encontrarte
juraría también que te tacho
infinitas veces
y creo un agujero en el papel
en el cual escribo,
pero renaces de la tinta
volviéndote indeleble,
inolvidable,
dolorosa,
marchita,
de una cursiva perfecta
justo como mis primeros poemas
convertidos en pétalos arrasados por el rocío
y hace frío,
hay niebla,
el atardecer partió
dejándome con el aliento congelado
estática,
perpleja ante la inmensidad de la noche
que se deja aplastar por el silencio
silencio que se disfraza de voces,
esas voces,
que no callan
y que a veces,
se convierten en ti
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