La voz que había escuchado con claridad provenía de su mismo espejo. Había tocado fondo en su mar perturbado y supuso que liberar las palabras de sus fantasmas era un pesar más denso que la neblina en pleno invierno. Envuelta en su toalla y abrazada a si misma deliberaba sobre lo compleja que había sido la vida con ella y cómo el tiempo parecía pasar más lento ahora que los relojes de su casa se habían detenido.
Su cabello todavía estaba húmedo y su piel relucía ante la tenue luz de su habitación. Era un cuarto pequeño, con la ventana dirigida hacia el cielo, pero no necesitaba más. La inmensidad se encontraba en su propia mente cuando la oscuridad la acechaba. Cada tanto se leía a si misma como consuelo de medianoche y juraba no volver a caer en tiempos de introspección, pero se mentía. Se mentía más de lo que le habían mentido.
Peinaba su
cabello, danzaba a solas y sonreía como signo de comprensión hacia si
misma o quizás había dejado que la poca cordura se marchase en la ducha
que había tomado minutos antes. Las noches tenían ese toque de pérdida
de si mismo y ella era experta en sus propios laberintos sin salida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario