Cuántas madrugadas han pasado
desde que mi corazón dejó de llorar
en esta ciudad tan solitaria.
Cuántos abrazos deshechos entre almohadas
conocen apenas la brisa de un verano
que no quiere dar libertad.
Salvajes las noches
que me sacuden entre las sábanas
queriendo levantarme de la cascada sombría
que solo me golpea,
me hunde,
me ahoga sin la posibilidad
de salir a flote.
Quédate allí,
en ese espacio que tiene el aroma salado de la costa,
pero tienes que saber que no voy a llegar.
Me encuentro aquí en lo más hondo,
rodeada de mi propio aliento,
haciéndole pecho a lo que acontece,
un sentimiento de pureza
hecho suspiro.
Ahora veo.
Azul.
¿Y dónde va la mente
cuando los oídos zumban?
Algunas poesías
no están pensadas para ser escritas;
son el grito de la agonía.
De lo que fue y se aleja.
Caigo en un pozo
que fue puesto a propósito
tiene tu firma y conozco tu letra.
Ahora veo.
Azul.
Percibo el latido de mi corazón
palpitando en mi cuello
y como soga a mi piel,
cantas una canción que advierto,
pero no reconozco la letra.
Creo en lo bueno de mi,
construyo lo que parece ser el salto hacia el océano,
no lleva nombres,
tiene mi signatura.
Ahora veo.
Azul.
Hay olas a mi alrededor,
su fuerza no me controla,
de repente reconozco mis uñas,
no están mordidas,
ha pasado un tiempo.
Compasivo el rayo del sol
sabe que mis pupilas están dañadas,
el azul se convirtió en celeste.
Ansia de nadar,
corazón arrancado,
quedaste en la ciudad solitaria
y yo aquí sin pena; no muero.
Vivo.
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