domingo, 8 de abril de 2018

6 a.m

Es de esperarse que a las seis de la mañana mi mirada se pierda en el techo de la habitación solitaria y silenciosa. Pendiente de una sombra que conozco mucho, poco siento, mucho pesa, poco abruma. 
La fría mañana me despierta con las yemas de tus dedos acariciando mi muslo, presente pero distante, hielo de montañas nevadas. Qué se yo de climas, no conozco otra estación más que el crudo invierno que tú me invitaste a presenciar, justo cuando la traición me cubrió los ojos y la primavera que yo creí ver cayó como copos de nieve. 
Son las siete y aún tu aliento cubre las ventanas. Humedad cesante, suspiro helado de tierras escarchadas. Me estremezco bajo tus miradas porque sé que ni el sol más fuerte puede hacer que te derritas o simplemente desaparezcas. No soy quien para llamarme sol cuando exploté en mil pedazos convirtiéndome en puro polvo. Frente a tus ojos, justo en esta misma cama, a esta hora. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El abismo

Asumí el riesgo de rozar  mis piernas con las tuyas,  de hacer de mis versos  el suspiro de tu inconsciente  bajo las sábanas.  Bajé mi mira...