viernes, 27 de julio de 2018

G en un papel.

La primera vez que 
escribí un poema
tenía doce años 
y mi primera cicatriz.

Las palabras eran de niña
y llevaban un nombre 
común y corriente
que se encuentra anotado en un papel.

No hay dolor tan suave
y tan rasposo
como ese que se siente
por primera vez.

Tenía su nombre
y una amistad
que no perduraría 
entre las desilusiones
de una tarde.

Me llamó un bolígrafo
y tomé una servilleta.
Aroma a vainilla.
Aroma a esperanza.
Aroma a algo nuevo. 

Palabras inconclusas
que ocupaban renglones desesperanzados.
Frases cargadas de tristeza
Perdón por cargarte con tanto pesar.

No tiene nada de malo 
escribir por primera vez.
Darte mis poemas 
como si de caramelos se trataran.

Pero dártelos me costó
un par de mejillas sonrojadas
y una inseguridad que 
no quiso llevarse el viento.

Lamento arrugarte poema mío.
Lamento haberte hecho trizas
como si fuese una experimentada
en sentir.

Aprender a amar tiene su costo
lo conocí a mis doce años.
Aprender a escribir tiene su encanto
lo conocí a mis doce años







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