miércoles, 13 de mayo de 2020

El paraíso hecho mujer.

Hablaba con el corazón en la mano y florecían palabras de entre sus labios que gritaban inocencia. Esperaba al sol con su comisura hecha amanecer y descubría su majestuosidad en los lunares que decoraban la piel de una blanquecina espalda —que no era la suya, que no le pertenecía, pero que junto a su piel cubierta de algunas rebeldes pecas hacían de un poema cualquiera, un cantar que se colaba en una antología—.

Danzaba desnuda sin conocer los miedos que deambulaban fuera del jardín de su alma y cerraba sus ojos con las promesas hechas flores en plena primavera. Y cuando el atardecer llegaba, los versos brotaban de entre sus pestañas como libélulas enamoradas del viento. Haciendo del paisaje uno digno de un suspiro proveniente de su curiosa boca.

Reía, cantaba y volvía a danzar.
El cielo atestiguaba el paraíso hecho mujer.

Y entonces, una voz que corría aventurera con la brisa de la tarde, le susurró a una sombra apoyada en el marco de su ventana un par de preguntas que sabía que cambiarían el curso de las estaciones; la primavera sería eterna.

«¿De qué color quieres el cielo?» Ella te lo pintará con la suavidad de sus labios. «¿De qué forma quieres las flores?» Ella las moldeará con la placidez de las yemas de sus dedos. «¿Cómo quieres que sea la vida?» Ella la coloreará a palabras cubiertas de las más maravillosas flores, pero no dudes ni por un solo segundo de que también pintará aquellos lugares que desconoces de ti mismo y usará, sin miedo a dejar su huella, las acuarelas que viven dentro de las pupilas de sus verdosos ojos

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