Pinto el atardecer en tu espalda
justo a la hora que se esconde el sol.
Uso acuarelas en forma de besos
y mis dedos, un pincel,
que danza junto algún grillo espectador.
El cielo no tiene límites en tu piel
y aquella marca rojiza de la noche anterior
es el sol escondiéndose en el horizonte.
Me abrazas con el atardecer
ardiendo en tu espalda
y conviertes el frío de la noche
en el calor del verano.
Una estrella se esconde
tímidamente en tu comisura.
Y yo la atrapo como quien
atrapa una luciérnaga entre las manos.
Iluminas la noche
y de repente tienes más
que un atardecer en tu piel.
Tu espalda tiene el cielo.
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