Tú, mujer de revoluciones
te paras frente a mi
con tus labios de rubíes
en una tarde de primavera que dicta de suspiros.
No sabes que tienes la naturaleza dentro;
el fuego, el aire y el agua.
Y que con ella alimentas este ser que te habla,
que te escribe y te respira como aliento
entre medio de un beso.
Llegaste a mi convirtiéndote en la revolución
de mi ser a la deriva.
Haciendo de tu mirada
el bálsamo para mis heridas
y de tu boca,
el milagro inesperado.
Llegaste a mí sin miedo a arrasarlo todo,
con tus palabras hechas calma
y tu mano brindándome confianza.
Llegaste a mí. Llegaste.
La poesía reposa en tus dedos
como caricia en plena temporada,
la plegaría a la desesperación
y el abrazo a la niña que llevo conmigo.
Eres ángel en la tierra,
a la vista de todos
y te vi resplandeciente entre medio de la gente,
con tu sonrisa hecha almíbar
y la divinidad al andar.
Mi suerte marchita, floreció de pronto.
Mi destino se convirtió en un caminar que renació de las cenizas.
La tierna flor se abría
y la melancolía fue libre entre tanto pesar.
En mi delirio, te plantaste
haciendo de mí, la locura personificada.
Ay, amor mío
que no cabes entre mis pestañas
y me inundas como oleaje a la costa
dejándome completamente mojada y a la vista.
Tiemblo al mirarte,
te invoco entre pensamientos que no llegan a mi boca
y aún así nos hacemos una con la mirada.
Hay cierta fortuna en nuestros ojos.
Ya sabes que tienes la bandera plantada en mi pecho
y que te acomodas como quien tiene estadía de por vida.
Haces de mi aquella que quiero ser aun cuando no lo creo
y sé que tienes en ti, algo más que el perfume de una flor.
Llevas el futuro,
de lo que somos entre medio de tanto caos
y que ahora ha encontrado la belleza
con tan solo el roce de las manos.
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